Una de las acciones más difíciles para los pianistas es seguir las partituras de Schubert. Hubo personas que fracturaron sus huesos por intentar hacerlo bien. Una mano debe llevar adelante un proceso sensorial, como la retirada del mar, la otra marca el pesado trabajo del molinero, cada grano que cae.

Schubert compuso cerca de mil lieders, se conocen 631, pero ‘los amigos de la música’ (así se llamaba ese juntadero de burgueses con remanente inquietud), le quemaron un porcentaje importante. Un lieder es un pequeño cuento, un extracto de una novela, que tiene una estructura narrativa. Schubert las contaba con las cuerdas del piano.

En la obra que aquí se presenta, la presentación de Daniel Barenboim es excelente. Es una de las más difíciles, ya que tiene que ir hacia adelante, en el tiempo que marcha en el invierno, y retroceder rumiante a los pensamientos, que lo dejaron imprevistamente marchito. Hay huellas de animales salvajes, pero recuerda que ella le hablaba de amor. Es la noche de Alemania.

En algunas ocasiones, Schubert, que tenía un aspecto poco atractivo, organizaba las Schubertiadas. Tocaba lieders especialmente para mujeres, ya que ellas le entendían. No le importaban las opiniones de los hombres. Excepto uno, Beethoven, que vivía cerca de su casa.

Tuvo un sube y baja en la vida que pronto lo mató. Era aprendiz de molinero, y la mujer de cuyos recuerdos quiere escapar, libertad a pasos, era la princesa del Imperio. Como se esperaba, le dejó. Schubert era muy pequeño, bastante rechoncho, veía muy poco, era extremadamente tímido. Así como colaboraba con sus padres, no dejaba de componer la música que recuperó de los mitos escandinavo y los germánicos.

Fue expulsado de la academia de Venecia, por cambiar la voz en la adolescencia. Sus obras resultaron quemadas, cuyo ejemplo más claro es la inconclusa, que suele decirse, es un final de Franz Liszt. Era pobre, trasnochado, disuelto. Cuando se encontró con Beethoven, Schubert pidió algo que luego se cumplió.

Ambos vivían en ese barrio de colinas grises, sin demasiado encanto, que está al lado de la Ringstrasse de Viena. En ese sitio, las noches se poblaban lentamente de violines, las salas de pianos. Schubert llegó a cumplir 32 años.

Serenade tiene una melancolía armónica con el desasosiego, la paz final que viene con la muerte del ser. Le cumplieron, y allí está, que su cadáver quede al lado del cadáver de Beethoven.

Nos resulta por entero comprensible que Schubert sea miembro de CCLINEC.

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