El sistema nervioso de las personas está oculto a la observación directa. Este hecho, base de las hipótesis dualistas, es la causa de que el estudio del cerebro necesite de tecnologías que puedan capturar las señales que este emite. Por ejemplo, la resonancia magnética captura señales del tejido del sistema nervioso, y podríamos decir que es una técnica descriptiva del estado del sistema nervioso: nos permite ‘observarlo’ de manera indirecta.

Sin embargo, también existen técnicas que se centran en intervenir sobre la actividad del sistema nervioso. La estimulación magnética transcraneal (EMT) es una de estas técnicas, y puede considerarse de las más flexibles y adaptables, razón por la cual su uso ha sido aprobado por las regulaciones internacionales para el tratamiento de la depresión, y está en vías de aprobación para otros trastornos (como el trastorno obsesivo compulsivo, los trastornos de ansiedad, el trastorno de estrés postraumático, el trastorno bipolar, y los trastornos del espectro autista).

Como su nombre lo indica, opera principalmente sobre la parte superior del sistema nervioso: el cerebro, compuesto por neuronas, que son células especializadas en la comunicación. Esta comunicación da lugar a los procesos cognitivos, afectivos y motores del sistema nervioso. La EMT interviene en qué tanto las neuronas de una región cerebral se comunican entre sí, logrando de esta forma inhibir (menos comunicación) o estimular (más comunicación) la actividad del sistema nervioso.

La comunicación inter-neuronal se da por la transmisión de un impulso nervioso, cuyo origen se debe a un cambio en el potencial eléctrico de la membrana de la neurona. De esta manera, la estimulación eléctrica de una neurona genera un impulso nervioso que se transmite a otra neurona.

La EMT es una técnica no invasiva que permite influenciar el potencial eléctrico de las membranas de las neuronas, con el objetivo de intervenir en la comunicación inter-neuronal. Para lograr esto, esta técnica se sirve de un fenómeno estrictamente físico descripto por Michael Faraday en 1831: toda corriente eléctrica en un circuito cerrado genera un campo magnético de orientación perpendicular a la dirección de la corriente eléctrica; a su vez este campo magnético viaja espacialmente (perdiendo fuerza en su viaje) hasta arribar a un material conductivo, donde se manifiesta como corriente eléctrica (ley de inducción de Faraday). La EMT, creada en 1984, utiliza una bobina eléctrica (el circuito cerrado) que se coloca en proximidad del cuero cabelludo de la persona, y provoca un campo magnético que induce una corriente eléctrica en las neuronas del cerebro. Mediante la manipulación de la velocidad con que la corriente eléctrica fluye por el circuito cerrado, se controla la intensidad del campo magnético generado y, consecuentemente, la potencia de la carga eléctrica inducida en la membrana; así, se logra inhibir o aumentar la comunicación entre las neuronas.

Respecto a las variantes de esta técnica, se basan en la modificación de tres parámetros esenciales: localización, profundidad y frecuencia. Si bien esta técnica posee una resolución temporal excelente, desde su surgimiento muchos avances se han realizado para mejorar su resolución espacial. La zona cerebral sobre la que se está interviniendo puede ser localizada con mayor precisión si previamente a la aplicación de EMT se realizó una resonancia magnética estructural T1. Esta imagen cerebral puede ser alineada a la posición de la cabeza de la persona en el espacio. Esta metodología, denominada neuronavegación, permite calcular en qué zona del cerebro se está generando la carga eléctrica, y visualizarlo en la imagen cerebral de forma online. Así, puede ajustarse el posicionamiento de la bobina para lograr una estimulación más precisa espacialmente. Además, existen bobinas dobles que permiten focalizar más la inducción de carga eléctrica, que queda restringida a la zona de entrecruzamiento de los dos campos magnéticos generados. Respecto a la profundidad, la gran mayoría de los protocolos clínicos de EMT operan sobre la corteza cerebral, y no inducen cargas eléctricas más allá de 5 o 6 centímetros de profundidad. Sin embargo, algunas técnicas en vías de desarrollo buscan estimular áreas más profundas del cerebro. Respecto a la frecuencia de la inducción de cargas eléctricas, puede considerarse: la aplicación de un único pulso, que provoca efectos agudos, como la actividad muscular generada mediante la aplicación de un pulso de EMT en la corteza motora; o la aplicación de pulsos repetidos, que tiene el potencial de generar efectos más prolongados en el tiempo, porque modifica la facilidad con la que las neuronas cambian su potencial eléctrico luego de la EMT.

Este último tipo de aplicación se denomina ‘estimulación magnética transcraneal repetitiva’, y es por lejos la más frecuentemente utilizada en protocolos clínicos y de investigación, al punto de que se usa indistintamente respecto a EMT.

 

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