Hay una versión filosófica simplista que opone los estoicos versus los epicúreos. Se caracteriza a los epicúreos como hedonistas, buscadores del placer, mientras que los estoicos soportan sin quejas los asedios de la vida con sus dolores y pasiones.

Sin embargo- de Epicuro se conoce por relatos- esto está muy alejado de la transmisión que Epicuro hizo a sus seguidores. El filósofo hizo cálculos sobre el costo de un enamoramiento- por ejemplo- y el placer que brindaba, luego la cantidad de días y años de sufrimiento que tenía por consecuencia. Epicuro postuló que la mejor forma de alcanzar la felicidad era evitar lo que después se pagaba con cinco o seis veces más tiempo, por decir una cifra menor.

Para Epicuro los seres humanos somos piedritas dispersas en un universo monstruoso que no se dará a conocer. Eran épocas de Demócrito, que postuló la existencia del átomo. Los epicúreos- en una cercanía notable a los gnósticos- consideraron que los seres humanos son guijarros formados por una mezcla azarosa de átomos, mientras que el dios menor que hizo este mundo tan solo difería en sus átomos eran más finos y pequeños. Una divinidad menor, de muy baja escala, había creado este mundo de guijarros perdidos, sometidos al tiempo y las enfermedades.

Epicuro vivía a pan y agua. Su relación con la doctrina que busca el placer está extraída de la negación: Epicuro en realidad buscaba evitar lo que provocaría el displacer. Sostuvo que no había continuidad de conciencia, en lo cuál se asemeja a Miguel de Unamuno. Una vez producida la muerte, no hay conciencia que continúe, de allí que daba igual para su escuela filosófico la existencia o no de lo que haya después de la muerte. El uno mismo se acaba. Como dice el tango, uno tirado en la catrera, sin amor, ni tentaciones, el tiempo realiza su trabajo, nosotros ponemos a disposición la sensibilidad para las injusticias y los dolores.

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