Un clásico literario se define porque una cultura encuentra en las múltiples lecturas de lo mismo, una similar misma cantidad de significados. En la literatura inglesa, de Shakespeare se podría elegir, no sin pares, Hamlet. En la española, Don Quijote de la Mancha. En la germánica, el Fausto de Goethe.

En la relectura del Fausto, una clave permitió morigerar la molesta sensación de apuesta que queda entre el Señor y Mefistófeles acerca del alma del Doctor. Parece que, desde el inicio, se juegan a los dados a Fausto.

El clásico de Goethe se orienta hacia los pilares de la significación germánica a) la proyección a lo eterno- femenino, que es Margarita en Fausto, herencia de Beatriz en el Dante b) lo indescriptible que tuvo lugar, la naturaleza omnipresente echó raíces en el suelo griego clásico, y la naturaleza devastadora, multiplicante, insensata, brindó a Fausto también la guerra, que los germánicos consideran parte de la naturaleza, triunfando con arroyos que brotaban del medio de las rocas. Helena de Troya se entregó al doctor, también reiterando al Dante, que la incluyó junto a Cleopatra en el círculo infernal de los poseídos por la lujuria c) Lo que es inalcanzable, se convierte en suceso

Esa sensación inquietante de juego entre aburridos inmortales, Señor y Diablo, transmite que son enemigos que se respetan, en este caso necesitaba una relectura. Mefistófeles replica al Señor, cuando llama a Fausto su servidor, llamándole ‘ese insensato’. Y menciona la diversidad de sus alimentos y su costumbre, pero remite ambas a la Inquietud. La Inquietud, con mayúsculas.

Mefistófeles se dirige rudamente al Señor. Se retira ambivalente- su signo es su duda, también sus tinieblas, menciona nuevamente la Inquietud del supuesto servidor del Señor, aunque esté rodeado de Rafael, Miguel y Gabriel. En la página 376 de Alianza Editorial, Fausto está en lo indescriptible germánico: consuma con Helena un reino espartano que flota entre nubes. Grazna un pájaro. Fausto le llama superstición a su miedo, pero no a su soledad. Atemorizado, sabe que entraron a la fortaleza lo que llama espíritus, porque nadie responde a su llamado.

La Inquietud que Fausto asesora se presenta como un compañero anhelado que siempre se encuentra, nunca se busca. Es nuestra contemporánea ansiedad. Y dice la Inquietud: Soy tan maldita como convocada. Cioran agregó después: esta época tiene el mal de la actividad.

Fausto le dice que tenía deseos, los satisfacía y volvía a desear. ¿Qué tan servidor del Señor es el poseído por la Inquietud? Y la Inquietud, se desoculta:

Dice la Inquietud, aquel que está conmigo, el mundo le sirve de nada. El sol sale, el sol se pone. Las facultades del inquieto están intactas, pero las tinieblas le habitan. Si siente placer, será para mañana, el pesar, también será procrastinado. Es el Inquieto, el insatisfecho. Entonces, Mefistófeles fue al Señor porque su ayudante, Wagner, ¿recibía del doctor la transmisión de su insatisfacción?

La Inquietud le turba: Fausto, tú tienes dos orientaciones, si debes irte o debes quedarte, siempre, y en general. Vacilante, irresoluto, Fausto, el que se complica hasta que respirar le ahoga, y cuando ahoga, respira. Y la Inquietud hizo pasar a la Culpa, la Necesidad y la Escasez. Dijo la Inquietud: ‘Estás bajo mi poder, el mundo no te sirve de nada’. Mefistófeles escogió a Fausto, el Señor ¿qué detalles observa de su criaturas? He aquí una nueva clave. Los ángeles que se llevan la parte inmortal del Fausto, ante las bocas dentadas del infierno, sienten desazón, y deben tomarse de la mano para no caer. Si los preámbulos del Señor, en sus círculos intermedios, no dieran buen lenguaje, habría ángeles caídos.

No debaten ante los demonios, se elevan sin responder. Así, como imprecaciones, aunque tienen el mayor de los sentidos, se eleva la voz de los arcángeles, por sobre todos los demonios juntos que caen barrigones el abismo oscuro y eterno.

 

 

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