Jacques Ramani era un niño muy tímido que en los recreos se colocaba de espaldas al salón amplio y largo de la escuela primaria. Cruzaba los brazos por detrás, y miraba los pequeños azulejos en tonos marrones de la pared. El maestro Matías Castro le tocó el hombro, le preguntó si estaba castigado. Jacques se dio vuelta y le miró con los ojos de pupila dilatada propios de la ansiedad. Tenía muestras de miedo, pero enseguida se recompuso. Una conexión entre la amígdala y la parte medial ventral- frontal se había consolidado en el muy buen estudiante. Matías miró la sala de dirección, con una ligera decepción constató que la vicedirectora no estaba. Su corteza cingulada anterior hizo sentir el rigor de que lo esperado era diferente a lo observado. La vicedirectora le gustaba mucho, era silenciosa, aguda, tenía ojos tristes e inteligentes.

Jacques escuchaba los ruidos de los niños de la escuela, le resultaba ambiguo estar allí, esperaba que suene el timbre y que termine el recreo. Matías se agachó un momento, le dijo que vaya a jugar con sus compañeros. Jacques volvió a mirarle, tenía los cabellos rebeldes, vio los ojos marrones y el iris radial de Matías, su barba prolija, pero dentro de la prolijidad, Matías pudo ver que había duros pelos que sobresalían sobre los otros. Le pareció un campo de golf desparejo, Matías le tomó del brazo con suavidad para darle un impulso motor, pero la corteza premotora de Jacques sintió un sacudón enérgico. Se quitó la mano de Matías con un movimiento brusco, de miedo y rechazo. Matías quedó algo descolocado, su corazón latió un poco más fuerte, miró la boca del niño, que no hacía una sola mueca.

Qué niño arisco- dijo- y se quedó parado a su lado, Jacques miraba la pared ahora solo separado pocos centímetros de sus ojos. La ínsula de Jacques estaba enviando señales a la amígdala, el hipotálamo y el alerta cortical se irradió hacia la corteza cingulada. En particular la parte posterior de ese fascículo, donde se produce la curva que desciende hacia el lóbulo temporal, enviaba señales eléctricas potentes a la juntura temporo- parietal. Matías vio que se acercaba la vicedirectora, Silvana, caminando sola, y fue hacia ella.

Le contó acerca de Jacques, Silvana le dijo que todos los recreos estaba allí, pero que en el aula no tenía ningún problema, era un niño brillante, que en primer grado tenía claridad para leer, escribir y resolver aritmética. Jacques escuchó lo que decía Silvana como si no hablasen de él, pero se tranquilizó, y sintió menos temor. Necesitaba un espacio más pequeño, el corredor le parecía enorme y el alboroto de los niños le paralizaba.

Cuando Jacques quedaba paralizado de miedo tenía una fuerte activación de la corteza prefrontal, la red atencional ejecutiva dominaba sin problemas la red de orientación. Aunque le empujasen, no se daba vuelta. Un grupo de niños que caminaban abrazados, como una topadora, siguieron camino y le chocaron, pero las piernas de Jacques se endurecieron y se mantuvo en pie. Silvana vio lo que sucedió y dejo a Matías, por un momento dudó entre acercarse a Jacques o retar a la patota que ya había entrado al aula. Volvió hacia Jacques, y le preguntó si quería un chupetín. Jacques dijo que no con la cabeza, apenas escuchaba su dulce voz, que era escueta, lacónica, pero tan solo oírla le daba paz y sintió que podía estar bien allí parado, mirando la pared, de espaldas a todo lo que ocurría, que ya imaginaría el mar, y el atardecer, y recordó su caña de pescar, y un pejerrey gris iluminado por el sol, con la boca enganchada en el anzuelo.

Matías dijo que terminarían el proyecto ese mismo día. Silvana acarició los cabellos de Jacques, que al sentir el contacto que también tenía esa voz, se sintió aún más relajado y pudo activar su corteza occipital y recreaba todos los pequeños charcos que quedan en la orilla del mar cuando llueve.

-Este niño se aburre mucho- dijo Matías. Silvana miró a Matías sin afirmar ni negar. La psicóloga de la escuela había hecho dibujar a Jacques su familia, una casa, un árbol, una persona, y le había tomado una antigua prueba de inteligencia que se interpretaba ahora de modo cognitivo, el Wechsler. El informe de la joven profesional del aparato psíquico decía que tenía una inteligencia dos desviaciones estándar por encima de la media, que su familia estaba bien estructurada, que se sentía protegido en su hogar, y que los mecanismos de defensa yoicos eran los esperables. Tenía una imagen de sí mismo adecuada y no mostraba signos de agresividad ni padecer agresión. Agregó que había introyectado un superyó exigente y duro, producto de una fuerte identificación paterna.

Cuando la clase comenzó, Jacques estaba sentado, rígido, contra una pared, la maestra preguntó si alguien había nacido en otro país que no fuera Argentina, se levantó todo el curso, menos Jacques. La maestra fue uno por uno- ¿Dónde has nacido?- En Trelew

Eso es Argentina, y le hizo sentar. Así fue, alumno por alumna, de modo que solo había dos chicas que habían nacido en Sucre. Jacques sintió una rabia extrema. Su amígdala, más grande que lo esperable, emitía señales negativas que controlaba con esfuerzo. Sentía bronca, y era consciente de ello. La furia duró toda la clase, y jamás hablaría de ello. Cuando tenían que retirarse de la escuela la maestra, Lidia, dijo que bajen de a uno por la escalera. Mientras lo hacían, Sebastián, su compañero, con el que nunca había conversado, dijo ‘somos grandecitos’ y eso le hizo mucha gracia a Jacques, que se rio, y pudo cortar con el suministro de rabia que le había provocado el error geográfico.

Silvana saludaba niño por niña en la puerta y Jacques la miró y le sonrió, expresaba el inescrutable amor de los que fueron rescatados por alguien sin que se entere otra persona. No olvidaría su voz y por unos metros recordó otra vez el sonido de su tono endulzado.

Fue en una visita a su ciudad de origen, veinte años después, cuando Jacques Ramani, un ingeniero eléctrico, vio su escuela primaria, contó que allí estudiado, dijo que solo recordaba a la vicedirectora Silvana. Continuaron planificando el tendido subterráneo del cableado. Había un obrero que dejaba huellas en la acera para marcar los sitios donde se harían los puentes. Para fabricar las huellas usaba un químico que diluía las partes consolidadas de la vereda, dejaba lábil una superficie, y luego reconsolidaba en un período que no tenía que pasar los quince minutos, el tubo que quedaría sepultado debajo de lo que ve la multitud. El cielo celeste apenas tiznado de blanco, azul en el horizonte, parecía un pizarrón tan puro e imposible de escribir como una vida.

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